Esta semana sólo he tenido cabeza para recordar a
personas que han significado algo importante en mi vida y por cierto en la vida de mi comunidad. Ha
pasado el tiempo desde la partida de un hombre bueno, que nos bendijo con su
amistad y como pastor, me refiero al Padre Rodrigo López, más conocido como
Chango. Se fue de este mundo un 17 de enero del 2005, acompañado de una inmensa
multitud compuesta por personas de todas las comunas de la provincia. Ni el
mismo hubiese imaginado esa despedida. Habría sonreído orgulloso y en la
primera oportunidad nos habría sacado pica con la hazaña.
Lo extraño como si fuera ayer. Un amigo entrañable,
lleno de una sabiduría tan auténtica que no dejaba a nadie indiferente. A
través de él, de su forma de vida, de sus gestos, era posible conocer el amor
de Dios. Aún le recuerdo en su corto paso por la Parroquia de Bulnes, cuando
llegó por primera vez, como decía él, ligero de equipaje. Venía de terminar su
diaconado en la Parroquia de San Carlos, desde donde le vinieron a dejar,
cargado de cosas, entre las que recuerdo, televisores, radios, ropa, mesas,
electrodomésticos, etc. Todo lo regaló, sólo dejó para sí, la antología
completa de las obras de Pablo Neruda. Nada material era de su interés, sólo su
guitarra. Y eso era así porque Chango buscaba el amor fraterno, la amistad
genuina, pero no para ser amigos de él, sino para que aprendiéramos a ser
amigos de verdad con otros.
Era un hombre engañador en apariencia, siempre
jugueteando, riéndose de todo y de todos. Corría como niño, pero cuando le
hablaba a sus fieles en la homilía era posible entender su pedagogía. “Dios te
ama negrita y por eso te perdona”, Cuántas veces escuché eso de su boca con su
voz amable y mansa. No era un cura común y corriente y eso llamaba la atención.
Le gustaba mezclarse en la multitud, salir en su bicicleta y dejarse caer en
cualquier casa, sólo para descansar, para reír, para abrazar, sin decir una
palabra. Lo vi llorar con dolor profundo ante la muerte de una joven amiga a
quien acompañó en su batalla contra el cáncer. Quién más que él podía entender
ese doloroso proceso por el cual también había pasado. Era tan normal en todo
que entre sus pares era el punto en el mantel blanco.
Recuerdo que hubo una noche de invierno en la que
llovía torrencialmente. Yo esperaba en el living de la casa parroquial que el
agua parara un poco para irme a mi casa. Él me acompañaba, mientras tanto
cantábamos “el navegante” de Gatti. De pronto escuchamos que alguien golpeaba
la puerta con desesperación. Mi estimado Chango abrió. Ante sus ojos había un
hombre de edad, de barba larga, de aspecto humilde y completamente mojado. El
hombre le dijo -Padrecito, déjeme pasar, no tengo dónde ir, no soy de acá,
déjeme dormir en el suelo siquiera- Para Chango fue como activar su sensor
solidario y le dedicó todo su tiempo en atenderlo. Subió hasta su pieza y trajo
un pantalón de cotelé gris, uno de los dos pantalones que poseía, el otro lo
tenía puesto. Se lo regaló. El hombre pasó la noche en su pieza y nadie nunca
lo supo, al día siguiente lo sacó a escondidas para que no lo retaran. Le
pregunté que cómo era posible quedarse con lo puesto para ayudar a un
desconocido y ahí fue cuando me dijo…Debemos transitar por esta vida ligeros de
equipaje negrita, para qué quiero más pantalones, cuando se ensucien estos me
pongo el pijama.
Ese Chango es el que extraño en cada gente. El
Padre Rodrigo, era un hombre increíble, un tremendo ser humano, que no dudaba
en desprenderse de todo cuanto le quitara el alma, de todo cuanto te alejara
del amor de Dios. Por eso aún le extrañamos.
Ser Chango es un sello, por eso mi admiración para
la ONG Padre Chango, por mantener viva su memoria a 9 años de emprender el
vuelo. Si conociste a CHANGO y aún le recuerdas con cariño, dale me gusta.
“Bienaventurados los sencillos de corazón, porque ellos verán a Dios.”
Para Tejemedios escribió:
MARÍA VICTORIA VERA ACUÑA
PROFESORA.
ESPECIALISTA EN CURRÍCULUM Y EVALUACIÓN