LA MALA HORA

La Mala Hora, es una novela escrita por el colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura de 1982. Lo fascinante de esta historia, es la similitud entre lo narrado y algunos hechos ya cotidianos que ocurren en los pueblos, como el nuestro, donde los rumores se plasman en panfletos, con verdades y chismes que provocan el quiebre de la confianza entre los habitantes  y dan paso a la violencia colectiva.

En esta comarca sacada de la imaginación de García Márquez, ocurre un crimen. Un campesino asesina a un hombre a causa de unos pasquines o panfletos desparramados por la ciudad, en los cuales se decía que la mujer de este, le era infiel con aquel hombre. El campesino, preso de su ira, toma la justicia por sus manos, cruza la ciudad entera hasta dar con el amante y le quita la vida con dos disparos.

La trama se desarrolla cuando el alcalde del pueblo, se empeña en descubrir quién es el que escribe los panfletos, sin embargo, entre más escudriña y hace tomar detenidos a vecinos, las denuncias de corte moral, más se intensifican. Llega un momento en que nadie se escapa a los panfletos. Las mujeres, no duermen tranquilas pensando que al otro día, sus nombres estarán puestos en las puertas de las casas, por asuntos poco santos, el farmacéutico, el alcalde y el dentista, sufren por lo suyo. El Padre Ángel, guarda en secreto de confesión, la verdad de todos, pero no la puede decir a nadie. El peluquero es el más feliz, porque tiene tema de conversación gratis para sus clientes, quienes retroalimentan los chismes y los agrandan a su antojo. Todos comentan en voz baja el contenido de los panfletos, haciendo estimaciones de quién podría tener motivos para escribir de tal o cual. Las acusaciones van y vienen, pero nadie tiene certeza de nada.

La bajeza humana hace que los unos acusen a los otros sin pruebas, con el solo afán de perjudicarlos y marcarlos para siempre. Si bien los panfletos no tienen un contenido político, su finalidad es exterminar a un determinado grupo político.

Lo curioso de la historia, (que es obviamente una extensa reflexión sobre el comportamiento social), es que nadie quiere reparar en la verdad expresada en esos vulgares panfletos, por esa razón, todo se centra en buscar al culpable, porque nadie está en condiciones de culpar a otro de cosas vergonzosas que todos hacen.

Volviendo a nuestra realidad, los panfletos son parte de una práctica oscura que se ha venido dando desde los tiempos en que se luchaba contra la dictadura. En el contexto histórico de los 80, era casi una conducta inofensiva ante la represión desbordante del gobierno militar. Hoy en día, en plena democracia, esta práctica se sigue usando en los comandos de campañas políticas. Es parte de la guerra sucia cuando se teme que el adversario tome mucha ventaja, se decide darle duro con temas ajenos a la campaña, pero que dañan su nombre y quitan votos. En las últimas elecciones que hemos vivido, esta mala práctica reñida con la justicia se ha dado. Ex candidatos que hoy rasgan vestiduras y se espantan con el panfleteo, en su momento preparaban su artillería en contra del adversario, para en el último minuto aguarle la fiesta.

Tirar panfletos es sin duda un ataque artero e inescrupuloso, que se hace amparado en la oscuridad de la noche, para que al día siguiente la ciudad entera amanezca sucia, no sólo por los papeles tirados, sino por el contenido de estos. Detrás de esta práctica existe el ánimo de escandalizar, atacar, matando la moral del otro, hasta dejarlo sin defensa, porque la honra, la integridad moral de un hombre es el bien más preciado que todos tenemos. No importa cuánto dinero o poder tenga una persona, si no tiene un buen nombre, no tiene nada.

Los panfletos son la expresión más clara de un problema de comunicación instalado en nuestra sociedad. El problema es no tener la capacidad de decir las cosas de frente y asumiendo la responsabilidad en lo que se dice. Hay falta de franqueza de una parte, porque tampoco hay capacidad de autocrítica de la otra. No es simple atreverse a escribir sobre el actuar de figuras públicas, sin temer a reacciones adversas por parte de estas. Las que no dudan en dejar caer todo su poder para acallar a las voces disidentes y así gobernar tranquilos.

Esto es consecuencia del poco ejercicio democrático de “expresarse”. La represión trae como consecuencia este tipo de prácticas. Con esto no las justifico, pero si se explican en un contexto de represión, abuso de poder o crisis de participación, aunque estemos en democracia.

Por otra parte, hablar a espaldas de otro es parte de la idiosincrasia no sólo del chileno, sino también del habitante de pueblo. “Me contaron, me dijeron, se dice que. En lugar de decir, yo pienso que, yo no estoy de acuerdo con, mi opinión es.”

Del mismo modo, que es repudiable la acción de panfletear, es vergonzoso y despreciable el culpar a otros de cometer estas acciones. No se puede culpar al ojo, eso es actuar irresponsablemente y ser poco reflexivo. Pensar que este o el otro son los autores de panfletos sólo porque piensan diferente, es ofensivo y calumnioso y daña la honra y la imagen pública del presunto culpable. Nadie se puede sentir alagado de que le vinculen o le acusen de la autoría de panfletos, es más bien un descrédito, un insulto, una humillación pública. Y quien se siente afectado por tales acusaciones, puede perfectamente recurrir a la justicia para ser resarcido de la deshonra de la que ha sido objeto.

Las acusaciones infundadas, siempre traen malas consecuencias. Debilitan la democracia, hacen perder la confianza entre los ciudadanos y en sus autoridades y precipitan el caos.

En ese sentido las autoridades están llamadas a ser ejemplo, de confiabilidad, de mesura y de rectitud. Predicar con el ejemplo es la mejor receta, practicar el perdón y ser autoridad no sólo en lo administrativo, también en lo moral y eso es amplio. Cuando una autoridad es víctima del “panfleteo”, no debe quedarse sólo en las ofensas, debe tener la capacidad de comprender el origen y propósito del fenómeno, de leer las señales de los tiempos, el por qué le está ocurriendo eso.

Por último, levantar un falso testimonio y mentir, es un pecado y el pecado daña al hombre y corta su relación con Dios. Para ningún cristiano este es un camino digno.

Es del caso mencionar el gran valor que tienen los Medios de Comunicación Social, que destinan espacios a la opinión, ya sea a través de columnistas estables o espacios de expresión para los lectores, como las cartas al director. La opinión forma parte de la libertad de expresión, garantizada en nuestra Constitución Política. La opinión debe hacerse con respeto, con un adecuado uso del lenguaje y su riqueza literaria, y por supuesto sin el propósito de injuriar o dañar.

La opinión tiene el fin de llamar a la reflexión, no sólo interpela al lector, también al sujeto de esa opinión. Cumple con la función apelativa del lenguaje, la que tiene por objeto provocar algo en el que lee, ya sea un cambio de actitud, una reflexión o el simple desacuerdo. Por eso debe ser valorado un comentario realizado con seriedad y más aún cuando quien lo escribe lo hace con su nombre y apellido, como garantía de que lo dicho, es serio y que contiene un valor social, moral y ético intrínseco y no un montón de acusaciones que no dan derecho a la réplica.

Creo que todo el mundo condena el lanzamiento de panfletos, sin embargo todo el mundo goza con su lectura. Qué antagónico. Con la televisión basura ocurre lo mismo, todos la condenan, pero todos la consumen.

Practiquemos la franqueza, opinemos de lo que ocurre en nuestro entorno, es un derecho constitucional del que nadie te puede privar.

Escribió para TEJEMEDIOS:
MARÍA VICTORIA VERA ACUÑA
DOCENTE: 
ESPECIALISTA EN CURRÍCULUM Y EVALUACIÓN